lunes, 28 de enero de 2019

lunes, 5 de noviembre de 2018

12 pequeños cambios: tiempo y dinero

Con la edad hay cosas que he dejado de hacer. Por ejemplo, ya no dejo de hacer cosas que quiero solamente porque no me he depilado, no pido en una cafetería si no me apetece sólo porque el resto del grupo pide algo, o he dejado de engañarme a mí misma diciéndome "no tengo tiempo". No queda bien decirlo pero sí que tengo tiempo, claro que lo tengo, de hecho, todos tenemos el mismo tiempo, sólo que priorizamos gastarlo en ciertas actividades en vez de en otras. Y ahí quería yo llegar para comentar sobre los 12 pequeños cambios. Es un proyecto que voy desarrollando, estoy integrando muchos cambios en mi día a día para llevar una vida más sostenible y más sencilla, pero no estoy priorizando sentarme delante del ordenador para escribirlo y explicarlo. Además, me siento absurdamente culpable cuando no lo hago, porque siento que me he comprometido y aún tengo mucho que practicar con el tema de mandar a paseo la culpa.



En resumen, que septiembre y octubre han pasado y yo no he dicho ni mu. En agosto me comprometía a usar más la bicicleta. Pasé de ser una ciclista dominguera a ir en bici a sitios a los que tenía que ir yo sola y no eran muy lejos. Funcionó bastante bien, hasta que ya no he tenido más citas a solas, pero espero que eso cambie en breve. En invierno me va a costar mucho más, pero voy a seguir intentándolo. En este apartado también tengo que decir que el próximo viaje que tenemos planeado por Austria va a ser en tren en vez de en coche de alquiler y podremos jugar a la oca, leer cuentos y dar paseítos en vez de estar atados al asiento, a la vez que ahorramos un poco de gases malignos.

En septiembre el tema era buscar coaliciones, maneras de poder hacer cosas junto a otros para unir fuerzas, multiplicar nuestros esfuerzos y, por qué no, hacer un poco de militancia verde. En ese sentido he empezado a colaborar en la organización del jardín comunitario del barrio, porque en los próximos años vamos a necesitar todo el verde posible, sobre todo en las ciudades, y porque allí encuentro gente que rescata alimentos, que hace compost y que busca la manera de mantener un trocito de ciudad vivo, con sus abejas, sus ratones y sus murciélagos. Estar en contacto con esa gente me motiva a seguir, me ayuda a encontrar soluciones o me abre los ojos ante otros problemas que no había visto antes.



En octubre buscamos la manera de reducir las cosas que usamos sólo una vez. Viendo las montañas de basura que flotan en el océano me da la ansiedad y este punto era realmente uno de mis objetivos más importantes: reducir todo lo que pueda los plásticos de un solo uso. He dejado de pedir café para llevar, el café para mí se ha convertido en una pausa y si no tengo tiempo de tomármelo en una taza de porcelana sentada tranquilamente lo dejo para otro día. He empezado a usar compresas de tela y copa menstrual y mi ejemplo ha hecho que algunas mujeres cercanas a mí también se hayan animado a probar, incluso se cosieran sus propios salva-slips. No compro jamás agua embotellada, siempre llevo una botellita en el bolso, eso en Viena no tiene mérito porque el agua es de una calidad y sabor extraordinarios, pero gracias a los filtros de carbón activado hay gente cercana a mí que vive en Barcelona que ha dejado también de comprar agua embotellada... ¡en Barcelona! He dejado de comprar papel de aluminio y de plástico transparente, uso tuppers, tarros de vidrio (hasta para congelar) y un divertido boc n'roll que tengo desde hace años. Me he hecho habitual del colmado a granel del barrio y así intento evitar al máximo los embalajes de la comida que compro (aunque en esto tengo todavía que trabajar bastante). Todo está siendo gradual y en el día a día casi no se nota, pero cuando tengo que tirar la basura un par de veces a la semana en vez de cada día me doy cuenta de los avances que estoy haciendo. Escribir aquí todo esto también me está ayudando a darme cuenta de la cantidad de cosas que he conseguido.

Y ha llegado noviembre. En noviembre vamos a ir a la raíz de todo el problema medioambiental: el consumo. La manera cómo consumimos, sin pensar si realmente necesitamos ese objeto o si nos va a hacer más felices, sin darle una segunda oportunidad a cosas que ya tenemos porque "por lo que cuesta uno nuevo, no vale la pena reparar" hace que se tengan que producir muchísimas cosas y eso consume recursos naturales y energía, produce muchísima cantidad de residuos y basura (tanto en el proceso de producción como cuando tenemos que deshacernos del producto cuando ya no nos hace servicio) y gasta nuestro tiempo y dinero en algo que realmente no es necesario.



Mi actitud ante el consumo cada vez es más reflexiva y cuando me entran las ganas locas de tener esa cazuela esmaltada de rojo Ferrari del escaparate, respiro hondo y me hago las siguientes preguntas:
¿Realmente lo necesito? ¿Me va a ayudar o voy a ser más feliz con eso?
Si realmente lo necesito o lo quiero... ¿tengo algo en casa que me haga el mismo servicio?
Si no es así... ¿Hay alguna manera de que alguien me lo pueda prestar mientras lo necesito?
Si tampoco es el caso... ¿Puedo encontrarlo de alguna manera de segunda mano?
Y si mi respuesta es no, pues entonces lo compro nuevo e intento que sea hecho con materiales reciclados, que me vaya a durar lo máximo y que la producción sea lo más amable con el medio ambiente y con las personas que lo producen.

Así que quizás el cambio de este mes más que ser un mes de cero compras, podría ser el mes de las compras reflexionadas, de las compras que relamente son imprescindibles. ¿Y tú? ¿Te animas a reflexionar antes de comprar? ¿Tienes algún truco para no abalanzarte hacia las cestas de las rebajas o las tiendas de cositas cuquis y baratas? ¡Me encantará leer tus comentarios y propuestas aquí o allá!

martes, 28 de agosto de 2018

12 pequeños cambios: on the road

Llega un momento a mitades de agosto que se puede oler el otoño. Da igual que estemos a 35 grados, las avispas empiezan a ponerse más pesadas de lo habitual, los atardeceres tienen ese tono naranja tan especial y tienes que encender la luz a la hora de cenar. Ya sé que a la mayoría os van a dar picores cuando leáis esto, pero aquí, en cuanto se acerca un mes con erre en su nombre se acabó el irse a bañar y el achicharrarse. Es en estos días cuando empiezo a prepararme para el otoño, tengo una lista de cosas que hacer: remendar el abrigo de lana verde, hacer el cambio de ropa, reparar la tetera que se rompió, preparar el horno y la calefacción... y este año también quiero volver a ir en bici regularmente.

El cambio que nos proponíamos en agosto era precisamente reflexionar sobre movilidad y cambiar nuestra manera de transportarnos para hacerla más sostenible. Transporte necesitamos todos, de eso no nos escapamos, y todo el transporte gasta energía y crea residuos, pero con un poquito de cuidado podemos reducir mucho esos residuos. La verdad es que hay muchas posibilidades en este tema, por ejemplo, intentar usar el avión lo menos posible (es de lejos el transporte más contaminante) pero yo me voy a centrar en hacer apología de la bicicleta.



Tengo la suerte de vivir en una ciudad donde no necesitamos coche en absoluto y donde tanto el transporte público como las infraestructuras para ir en bicicleta son bastante envidiables. En Viena el transporte público es tan bueno que la gente no va tanto en bicicleta como en otras capitales europeas, pero aún así, sobre todo los días que sale el sol, hay hasta colas en los carriles-bici.

A pesar de todo eso, de no tener ni necesitar coche y de tener bici propia y una red de carriles estupenda todavía soy una ciclista dominguera. Durante la semana todavía no me atrevo a ir en bicicleta por la ciudad, me da miedo. Temo a los coches y los autobuses, temo no tener claras las direcciones donde ir, perderme y aparecer en medio de una calle de cuatro carriles rodeada de camionazos (creedme, me ha pasado)... Los fines de semana todo eso mejora porque el tráfico es mucho más relajado y porque siempre voy en convoy con el resto de la familia y puedo relajarme y disfrutar del paseo.



Pero bueno, vamos a lo de hacer apología. La agencia municipal de la bicicleta aquí en Viena tiene un lema que me encanta "¿Por qué no vas en bici?". Me gusta porque implica que lo raro es el no ir en bici. Yo ya he explicado un poco mis dificultades, pero ahora voy a decir que ir en bici me encanta. Me encanta la sensación de atravesar la ciudad hasta las playas del Danubio sin tener casi que compartir carril con vehículos de motor, me encanta soltar los frenos en alguna bajada y recordar cuando tenía 10 años, me encanta dar la vuelta al Ring bajo los árboles y pillar la velocidad justa para pillar todos los semáforos de la Praterstrasse en verde.

La verdad es que es un auténtico placer y quiero hacerlo más a menudo. Ya que agosto me lo he saltado, voy a pasar directamente a septiembre y voy a empezar a subir en bici en trayectos cortos por el barrio cuando vaya yo sola (acercarme al colmado, a clase de yoga o a fisioterapia), a ver si poco a poco me animo y voy aumentando mi repertorio de trayectos sobre dos ruedas.

¿Has viajado mucho estas vacaciones? ¿Cómo lo has hecho? ¿Has tomado un avión? (yo cada vez que tengo que volar tengo remordimientos) ¿Te planteas hacer más sostenible tu viaje al trabajo, a la uni, a la escuela, al mercado? ¿Eres una ciclista habitual? ¿Qué te ayuda a superar el miedo y la pereza de ir en bicicleta? ¡Me encantará comentar con vosotras! Por aquí, por allá o por donde sea :-)

¡Salud!

lunes, 9 de julio de 2018

12 pequeños cambios: hecho en casa, hecho a mano

Otra vez tarde, pero aquí estoy explicando cómo ha ido en junio y lo que pretendo en julio. Basta con que me plantee que no voy a mirar tanto el móvil para que lo mire mucho más que el mes anterior, pero una cosa es cierta: cuando he usado pequeños trucos para resistir, lo he conseguido. ¿Qué trucos me han funcionado muchas veces (que no todas)? Ponerme un límite de tiempo (5-10 minutos) cuando me descubro navegando sin rumbo, dejar el móvil en casa cuando vamos al jardín comunitario o por el barrio, dejar el móvil en el bolso los fines de semana, sobre todo los que estamos fuera, o desconectar los datos móviles para las aplicaciones más peligrosas como Instagram o el navegador. Estoy contenta de mi desconexión, sé que podría mejorar, pero es un proceso. Quizás en nuestras vacaciones de agosto ya me atreva a estar toda la semana sin pantalla... a ver ;-)

En julio el reto que nos planteamos es dejar de comprar cosas y hacerlas uno mismo. Me da la impresión que este reto resume un poco los anteriores porque hacer algo en casa te permite hacer la cantidad que necesitas evitando trastos o sobras creando ruido por casa, evitas productos tóxicos, embalajes y puedes reusar cosas que tienes ya por casa.



La reflexión de Gemma sobre el valor de lo hecho a mano, todo lo que aporta hacer las cosas uno mismo en vez de simplemente ir a comprarlas, ha sido de lo mejor que he leído esta semana. en Austria, un país donde el valor más preciado de todos es el tiempo propio, se valora muchísimo todo lo hecho en casa y regalar una bolsa de galletas salidas de tu cocina, con sus deformidades y sus zonas chamuscadas será infinitamente mejor recibido que regalar un paquete de galletas delicatessen. Porque te has tomado la molestia de hacer algo por la otra persona usando lo más preciado que tienes: tu tiempo.



En la cocina hago muchas cosas yo misma: el muesli, la mermelada, los pasteles, el caldo "instantáneo", la masa de pizza, los panes planos, los polos, los refrescos y últimamente estoy añadiendo a la lista fermentados y encurtidos. Así que me planteaba empezar a hacer mi propia ginger beer, porque con las verduras en sal me ha ido muy bien (he conseguido los pepinillos crujientitos, ¡ñam!) y quiero empezar a fermentar con azúcar, a ver qué pasa. Prometí al marmotillo que cuando en el mercado hubiera tomates maduros haríamos ketchup, así que ese va a ser otra de las recetas que vamos a probar. También es verdad que julio es el mes sin plástico y que tanto refrescos como salsas son cada vez más difíciles de encontrar sin envase de plástico, así que vamos a hacer nuestra pequeña aportación al #plasticfreejuly y prometo un informe de los resultados.

¿Te animas a hacer en casa algo que siempre has comprado? ¿Crees que aporta algo o es una pérdida de tiempo? ¿Te apetece compartir tus reflexiones, retos con todos en #12pequeñoscambios? ¡Qué ganas de leer vuestras aportaciones! :-)

¡Salud!

lunes, 11 de junio de 2018

12 pequeños cambios: empantallados

En mayo nos planteábamos consumir con lógica. En mi reto me centraba sobre todo en comprar sin plástico o sin envase y estoy contenta de cómo ha ido. No han sido cambios espectaculares pero he incluido algunos productos más en mi repertorio de sin empaquetar, por ejemplo, las cervezas en botellas retornables, el papel higiénico, el vinagre, el bicarbonato y los huevos. Me he atrevido a llevar mi propia bolsa al supermercado para los albaricoques y las cerezas, he empezado a reutilizar envases de cartón o papel también. Las múltiples visitas a mercados y colmados las estoy solucionando con paciencia y la mochila para llevar al marmotillo. Si voy con la mochila puedo llevar el carro de la compra y cargar con todo es menos pesado. Estoy avanzando, poco a poco, pero voy avanzando.

En junio entramos en la mitad de estos 12 pequeños cambios y me gustaría también hacer un poco de repaso de los otros cambios que proponíamos. He donado al espacio familiar del barrio mi saca-leches y todos sus complementos, he hecho varias visitas a dejar trastillos de cocina en el armario de intercambio del barrio e hicimos un intercambio de libros viejos para celebrar el día del libro. He cambiado mi pasta de dientes por una en polvo que me ahorra tóxicos y plásticos. Esta semana voy a intentar hacer la semana sin carne, a pesar de que el fin de semana tenemos una barbacoa. Vamos, que no me olvido de esos pequeños cambios que empezamos hace meses y siguen estando presentes en mi manera de organizarme y vivir.



El mes de junio vamos a desconectar. No podría haber empezado mejor porque a finales de mayo pasamos todo un fin de semana desconectados de teléfono, electricidad, gas y agua caliente en una cabaña en las montañas. Es curioso porque jugábamos a no mirar el reloj y adivinar qué hora era y nuestro tiempo parecía más largo. No nos hemos aburrido (con seis niños en la casa eso es imposible), pero de alguna manera el tiempo pasa distinto cuando dejas de mirar una pantalla. La necesidad de estimulación constante y de saber lo que pasa inmediatamente disminuyen.



No somos una familia muy empantallada. No tenemos televisión (no me habléis de series porque la última a la que me enganché fue Anatomía de Grey, allá por el Pleistoceno), los marmotillos sólo ven 20 minutos de dibujos en fin de semana y cada semana se acuerdan menos, sobre todo cuando hace buen tiempo y tenemos una barbaridad de parques por explorar. Tenemos la norma de nada de pantallas antes del desayuno ni después de la cena y para mí también vale nada de pantallas mientras están los marmotillos conmigo, ¡que tengo que dar ejemplo! ;-) Cuando lo consigo y no miro en toda la tarde al teléfono, el tiempo no se me pasa tan rápido, me da tiempo a hacer más cosas, lo disfruto más y mágicamente la hora de la cena es mucho más agradable para todos.

Tengo el tiempo que tengo, si lo uso para unas cosas, no me queda para otras y últimamente prefiero usarlo para jugar, cocinar o leer libros, me sale a cuenta en nuestro bienestar como familia y me siento mucho más descansada cuando en una pausa me siento a no hacer nada que cuando uso esos minutos para mirar los últimos posts de Instagram.



No voy a prometer hacer una cura de desintoxicación de pantallas, no quiero. Me gusta subir fotos a Instagram y mirar las que subís vosotros, me gusta y me inspira leer posts de mis blogs preferidos y recetas. No quiero dejar de hacerlo, pero no quiero que mirar al móvil se convierta en el nuevo poner la tele de fondo cuando llegas a casa o usarlo para distraerme de situaciones o sentimientos incómodos. Quiero mirar menos las pantallas pero mejor.

¿Te apuntas a reflexionar sobre cómo usamos las pantallas y el tiempo? ¿Te atreves o te apetece hacer una cura de desintoxicación virtual? ¿Cuál va a ser tu cambio de este mes (ajem, más bien quincena a estas alturas ya)? Ya sabes, nos vemos por aquí o por allá en el hashtag #12pequeñoscambios.

¡Salud!

domingo, 6 de mayo de 2018

12 pequeños cambios: con lógica

Cambio de mes, cambio de tercio. Después de un abril en el que la pila de reparaciones no ha disminuido ni un milímetro me da hasta un poco de apuro aparecer por aquí. Eso sí, el Tonisito está siendo muy laborioso y ya tiene lijada una de las sillas del balcón y ha reconvertido lo que era nuestro huerto en una cocinita de exterior para los marmotillos.



No he cumplido mi promesa de ir mostrando en Instagram lo muy basurilla que es Viena, pero sí que ha habido un par de cosillas interesantes. He comenzado a frecuentar (bien, a aparecer de vez en cuando) en Die Schenke, la "Kost-Nix-Laden" del barrio, una tienda donde todo es gratis. Puedes dejar lo que ya no quieres y tomar lo que necesites. Además tienen cafetería donde se paga la voluntad por comida, café, zumo o pasteles. Hubo una fiesta de intercambio de ropa y tanto mi hummus como mi bizcocho de limón sin limón triunfaron. Llevé ropa que sé que no me pondré nunca y algunas cosas de bebé que ya no caben, a cambio me llevé unos pantalones de nieve para el marmotillo mayor.



Y ahora ya sí, el tema nuevo de este mes del cual soy anfitriona. Es un tema complicadillo, se titula "Con lógica" y se trata de poner lógica, responsabilidad y conciencia a la manera como consumimos, a dejar hacerlo por inercia y pensar, reflexionar un poco qué es lo que compramos y qué consecuencias tiene.

Partiendo de la base de que lo último que deberíamos hacer es comprar después de habernos planteado si realmente lo necesitamos, si se puede reparar, haber buscado qué puede hacernos un servicio similar, haber preguntado a la vecina si te lo puede prestar (la última vez, la mía me regaló su batidora vieja cuando se la pedí prestada porque la nuestra murió al intentar hacer un smoothie verde de espinacas congeladas) y haber buscado en tiendas de intercambio o de segunda mano, pues hay veces que no queda más remedio, sobre todo en los alimentos.

Cuando ya he agotado todas las posibilidades anteriores y tengo que comprar algo es cuando entran en juego mis Grandes Criterios De Compra, así con mayúsculas y todo. Mis prioridades son (por este orden): sin plástico/sin empaquetar, de producción local (lo más cerca posible, a veces con que sea un producto europeo me conformo), de temporada y con las máximas garantías de que no se esté explotando a nadie ni nada (de producción ética y/o orgánica). Para eso, si hago la compra en supermercado tengo que fijarme en las etiquetas, en los sellos que me dicen que un grupo de expertos han dado el visto bueno y eso es suficientemente ecológico para llevar el logo con el sello de producción orgánica, o de producción local, o de producción justa.



Si voy al mercado o al colmado a granel no hay tantas etiquetas, pero hay algo mucho más romántico que estamos perdiendo: confianza. Confianza en que la familia que tiene un huerto y cada viernes lleva sus manzanas y sus patatas a vender al mercado no usa pesticidas chungos, que sus condiciones laborales son las justas... cuando hablas directamente con el productor no necesitas etiquetas, sólo tienes que preguntar, hablar y confiar.

Como siempre, aunque a veces entren en conflicto (¿tiene alguna lógica comprar miel de comercio justo traída de Perú cuando en mi barrio hay apicultores?), un criterio me lleva al otro haciendo una reacción en cadena. Empecé intentando comprar la fruta y la verdura sin plástico y fue bastante fácil con el pedido a domicilio de la caja y mis visitas al mercado. Luego he seguido con los productos lácteos, que otra vez es muy fácil porque hay aún hay productores en Austria que usan tarros y botellas retornables para la leche y el yogur. El siguiente paso están siendo los granos, cereales, pasta... y estoy aprendiendo mucho: a fiarme de mis sentidos y saber qué producto estoy comprando (si es arroz basmati o jazmín, por ejemplo) y una vez en casa qué tal está de caducidad (sin etiquetas no hay fecha de caducidad).



En vistas de todo esto, mi cambio de mayo va a ser aumentar los productos que compro a granel, sin empaquetar o sin plástico. Quizás lo que deba hacer también es encontrar un sistema para no sentir que me complico la vida con tantas visitas diferentes para hacer la compra y no caer en la tentación del supermercado, sobre todo teniendo en cuenta que me sigue siempre de cerca un marmotillo de dos años con muchas autonomía pero con un ritmo muy particular. Investigaré, preguntaré y trazaré un plan para que los viernes de mercado sean más relajados y más ligeros.

¿Qué reto te plantearías tú? ¿Cómo puedo mejorar la visita a mercado, colmado, panadería y supermercado del viernes por la mañana? ¿Me estoy complicando la vida? ¿Debería simplificar en algo? Si tienes propuestas, preguntas, reflexiones, ya sabes, nos vemos por aquí o por allí compartiendo con el hashtag #12pequeñoscambios.

¡Salud!

sábado, 7 de abril de 2018

12 pequeños cambios: mejor que nuevo

Decíamos en marzo que nos íbamos a organizar en la cocina, que íbamos a comer mejor, menos procesados, dejar de desperdiciar y ahorrar tiempo y dinero. Yo me propuse comer menos carne y tengo que admitir que lo he conseguido. Quizás más que mi fuerza de voluntad el motivo es que intentando comprar menos alimentos envasados en plástico no he encontrado la manera de comprar carne sin envasar. En nuestro barrio ya no hay carnicerías de toda la vida, sólo cadenas y supermercados, pero incluso en el mercado la carne está casi toda plastificada.

Sea por lo que sea, sí que he consumido menos carne y los miércoles han sido regularmente vegetarianos. Lo que no he conseguido es hacerlos veganos y todo por culpa del café. Sólo tomo dos cafés al día y necesito quiero la experiencia cremosa completa de un café con leche de vaca entera. He intentado sustituirla por leches vegetales, que están ricas y me encantan como horchatas, para batidos, el muesli o el porridge, pero no para el café. Además, siempre vienen en envases muy difíciles de reutilizar o reciclar, cuando la leche de vaca que compramos viene en envases de vidrio retornables. Me parecía absurdo hacer un día vegano para ahorrar gases malignos al planeta y añadirle basura. Claro que podría hacerlas yo misma, pero para eso necesitaría una batidora suficientemente potente, cosa que ni tengo ni quiero tener por el momento.

En resumen, sí que ha habido días veganos, excepto por los dos cafés con leche innegociables, y por el camino he aprendido a usar ingredientes estupendos, como la harina de garbanzos... pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión, en un post exclusivo con fotos y toda la pompa. (¡palabrita!)




Así hemos llegado a abril y la anfitriona este mes es Gemma, que nos ha hecho una presentación estupenda del tema "Mejor que nuevo". El tema es una invitación a reflexionar la manera como consumimos, la cultura del "usar y tirar" y a adoptar hábitos mucho más saludables para el planeta como reparar, remendar o comprar de segunda mano. Vamos, que es un tema bastante basurilla... y Viena es el paraíso para los basurillas. Hay mercadillos míticos, tiendas de antigüedades y chatarras varias en cada esquina, Cáritas y el departamento municipal que se encarga de la basura tienen sendos hipermercados de segunda mano enormes donde comprar muebles, vajillas, juguetes, libros, electrodomésticos o ropa. A los vieneses no les gusta tirar, les gusta reparar, remendar, usar y reusar hasta el infinito... porque si algo va bien, ¿para qué cambiarlo? Solo hace falta ver los tranvías que todavía circulan en las lineas regulares de la ciudad.



Mi familia y yo somos bastante basurillas. Al Tonisito le encanta hacerse con cámaras de fotos y bicicletas viejas y repararlos. Le divierte y le calma esa necesidad que tenemos todos de hacer con las manos. A mí me resulta más difícil, supongo que el cocinar ya me calma bastante esa necesidad de trabajo manual. De todas maneras reutilizo muchísimas cosas para hacer manualidades y juguetitos para los marmotillos. Tengo ganas de aprender a remendar ropa, una pila de prendas que necesitan un repaso y un librito estupendo para principiantes con diferentes técnicas, trucos y consejos, pero me cuesta ponerme. A finales de mes me gustaría que esa pila de ropa haya menguado, que el tema sentarse a remendar se convierta en casi un hábito y poder tachar algunos grandes proyectos de reparación que tenemos por casa, como los muebles del balcón. Quizás le pida ayuda a Paula, que es la que sabe de bricolaje para patosos.



Quiero ir haciendo seguimiento de los proyectos por Instagram y también ir mostrando lo encantadoramente basurilla que es Viena... ¿vienes? Y a ti ¿Qué te gustaría cambiar en el mes de abril? ¿Lo compartes con nosotras en #12pequeñoscambios?

¡Salud!

jueves, 1 de marzo de 2018

12 pequeños cambios: en la cocina

Febrero acabó y tengo tres nuevos amigos en casa: el champú sólido, la esponja y la sartén de cerámica. Al final mi cambio de hábito de febrero fue tan simple como ir a la tienda y hacerme con estas tres cosas que han eliminado el champú tradicional (lleno de ingredientes raros y plástico), las toallitas para bebé (al menos las que usaba dentro de casa) y la sartén de teflón. Aún me queda mucho por hacer y voy a seguir. El siguiente paso es elaborar las toallitas para fuera de casa y luego investigar un poco más a fondo el tema de las sartenes, porque me da en la nariz que simplemente cambiar teflón por cerámica no es la solución.

Después de intentar reducir los químicos tóxicos de nuestras vida, nos vamos a meter en la cocina ¡que este mes de marzo soy yo la anfitriona! (emoción, intriga...). Aquí se abre un mundo de posibilidades abrumador porque hay muchísimos hábitos mejorables en nuestras vidas que empiezan en esa zona de la casa. Además, todos los ámbitos en los que nos podemos centrar están relacionados y muchas de esas cosas actúan como efecto dominó que si cambias uno de los hábitos, de rebote, mejoran los otros.

Podemos enfocarlo a una mejor organización, que nevera y despensa estén mejor organizadas para poder ser más eficiente en el uso diario, planear mejor lo que queremos comer... Eso de rebote va a significar que seguramente tiremos menos comida, que podría ser otro de los focos de este mes. También nos podríamos proponer comer más sano, más verduras, menos carne, claro que eso seguramente querrá decir que nos organizaremos mejor para evitar comidas precocinadas, latas y otras viandas que caen hacia el lado menos saludable.



Si lo que quieres es organizarte mejor, yo tengo algunos truquillos que me ayudan. Por ejemplo, los martes, que es cuando me traen la caja de verduras y frutas, es el día que reviso y limpio la nevera. Así me aseguro que no se me queda nada en el fondo olvidado. La mayoría de las veces solo llego a pasar un trapo por el cajón de las verduras, pero me ayuda bastante a mantener una visión global de lo que tengo y lo que me falta. De todas maneras, para trucos más sofisticados, mi sitio favorito de dónde saco muchas ideas de organización de la cocina es The Kitchn.



Los menús semanales son también una manera de organizarse. Yo era una auténtica freak de los menús semanales. Antes los hacía a priori, antes de ir a comprar, para poder saber qué ingredientes comprar, me basaba en recetas de mis blogs favoritos, en mis libros de cocina. El resultado es que gastaba mucho dinero en comida y además tiraba bastante más que ahora. Ahora lo hago al revés. Ahora hago un plan semanal aproximado el martes cuando me traen la caja de las verduras, así sólo tengo que mirar qué hay y pensar lo que voy a hacer con ello. Hasta hice una serie en Instagram con mis ideas, lo llamaba #veoveodelamarmota. Si de todas maneras necesitas inspiración para menús, los que yo más consultaba son los de la página de Eroski y los de Webos Fritos.



Tirar menos comida es también un reto importante. Para evitar tirar, aparte de organizarse bien para que no sobre, también hay que saber reconvertir o almacenar bien las sobras para aprovecharlas. Intento no comprar ingredientes que sé que solo voy a usar para una receta y se van a quedar muertos de risa en la despensa durante meses hasta que los tire por puro aburrimiento. Para eso hago un esfuerzo de imaginación y hago cambios en las recetas para adaptarlas a los ingredientes que ya tengo o que uso normalmente. Por otro lado mis dos grandes amigos de la cocina de aprovechamiento son la batidora-picadora y el congelador. Con la batidora reconvierto cualquier salteado o horneado de verduras en una crema, hummus o hamburguesas vegetales. El congelador me permite ser flexible, puedo congelar sobras que sé que no van a ser suficientes para cuatro para otros días que me quede yo sola a comer en casa. De todas maneras, si queréis sacar un doctorado en aprovechamiento, hay que leer los posts #AquiNoSeTiraNada del Instagram de Webos Fritos, porque tiene muchísimas ideas, recetas y consejos.



He dejado al final el tema de comer más sano, porque va a ser mi reto de este mes de marzo. Creo que es una cuestión muy difícil de encarar y que hay muchísimas cosas que se pueden hacer desde muchos puntos de vista distintos. En este tema a veces hay tantísima información de lo que es bueno y saludable que se me hace bola. Voy a mantenerlo simple y claro para no liarme: quiero dejar de comer tanta carne, y no solo por mi salud, también por la salud del planeta. Quiero ofrecer a mi familia aún más recetas vegetarianas. Voy a intentar hacer un día vegetariano a la semana y si tengo energía y humor, a lo mejor hasta puede que haga un día vegano de vez en cuando. Me van a ayudar, entre otros, Lunes sin carne y mis múltiples libros de cocina vegetariana.

Y allá en el otro lado ¿Qué planes tienes? ¿Me he dejado algo interesante que explicar? ¿Qué es saludable y qué es enfermizo-saludable? ¿Qué trucos tienes para aprovechar comida y organizarte mejor? ¿has visto lo que se proponen Paula y Gemma? ¡Comparte, comparte! Por aquí o por allá, usando #12pequeñoscambios para etiquetarlo y que todos lo podamos ver. Nos vamos leyendo.

¡Salud!

domingo, 11 de febrero de 2018

12 pequeños cambios: guerra química

Voy tarde, muy tarde, y podría pedir disculpas una vez más y volver a dar las excusas de siempre, pero no lo voy a hacer, porque parte de este proyecto es vivir sin complicarse la vida demasiado y a veces pues se priorizan otras cosas, sin culpas ni auto-regañinas dañinas.

El tema de febrero de nuestro querido proyecto #12pequeñoscambios se titula "sin químicos". Sí, sí... ya sé... es imposible vivir sin químicos, teniendo en cuenta que TODO es química. A lo que nosotras nos referimos y Paula, que es la anfitriona de este mes, bien explica, es vivir con menos tóxicos en productos de limpieza y cosmética, menos aditivos en la comida y menos materiales dañinos en objetos cotidianos como bombillas o sartenes.



Me está siendo difícil separar temas. Hace ya tiempo que vengo usando muy pocas cosas en el baño y para limpiar, pero más que una cuestión de anti-toxicidad es una cuestión de minimalismo (sí, sí, otra vez). No entiendo para qué necesito tantos productos diferentes para limpiar o para limpiarme y tener mil botellas, botes y tubos de productos tan específicos. ¿Por qué es diferente el limpiador del lavabo al de la cocina? ¿Por qué se usa un producto distinto para el wc, para el suelo y para las ventanas? El jabón es jabón y debería servir para lavar la ropa y para lavarme la cara, ¿no? El caso es que ya llevo mucho camino hecho y que para limpiar la casa y la ropa uso: jabón líquido, bicarbonato y vinagre.



El tema de la higiene personal es un poco distinto, no me atrevería a limpiarme los dientes con el mismo jabón con el que me lavo la cara, pero me pregunto ¿por qué es importante que el jabón de la piel y el del pelo sean diferentes? Para mi cabeza no es problema usar el jabón que uso para el cuerpo, sé que para otras cabezas es más problemático, pero me gustaría saber por qué se usan dos productos distintos por defecto. Nunca he sido de potingues ni presumida (tengo un maquillaje que debe de tener por lo menos quince años), pero ahora estoy pasando una época en la que me alegro simplemente de que no me salgan hongos ni caries y la ducha diaria es casi un lujo. Para eso solo necesito usar jabón de barra (el mismo para el pelo que para el cuerpo), pasta de dientes y para dolencias más específicas (sequedades, granitos, etc) aceite de sésamo, de coco o esencia de árbol del té. Mi único lujo es un bálsamo labial casero (a base de manteca de cacao, aceite de oliva y caléndula) que cuando me acuerdo de ponérmelo me siento la mujer más cuidada del mundo.



Mi objetivo de este mes va a ser un poco disperso y consiste en acabar de cortar flecos que todavía cuelgan: champú y jabón para los marmotillos que no pique a los ojos, eliminar las toallitas de un solo uso (sí, sí, vergüenza debería darme), el material de mis sartenes, el aceite de palma...

Y vosotros ¿Qué objetivos os planteáis? ¿Qué champús para bebés/niños naturales y sin envase conocéis? ¿Alguien sabe de recetas de toallitas de bebé caseras reutilizables? ¿Qué material es el más adecuado para cocinar? ¿Alguna receta de nutella casera que realmente parezca nutella? ;-)

Podéis compartirlos aquí, por Instagram o por Facebook con el hashtag #12pequeñoscambios. Nos encantará leer vuestras propuestas, reflexiones y recetas. ¡Nos vemos por aquí y por allí! :-)

¡Salud!

jueves, 1 de febrero de 2018

El minimalismo (y la madre que lo parió)

Hace mucho, mucho tiempo, allá por el Pleistoceno, acabé la Universidad en la tercera promoción de una diplomatura que además de ser, eso, nueva, se apellidaba social. Todo el mundo lo sabe, si estás en una carrera que se apellida social y además es de "nueva creación", lo más probable es que te pases la mitad de la carrera buscándole las contradicciones a las teorías y a las prácticas, planteándote replanteamientos y replanteándote los planteamientos que te replanteabas. Una va creciendo, se va volviendo más pragmática y esas diversiones ya no le atraen tanto. Peeeero.... quien tuvo retuvo y siempre tengo ese espíritu crítico de abogado del diablo en (casi) todo lo que hago. Aunque no dejo que me impida hacer las cosas, claro.




Este enero en #12pequeñoscambios nos hemos dedicado al minimalismo y yo no he llegado a ninguna meta. El minimalismo no es para mí, sé que no voy a llegar jamás a ese estado zen en el que mis posesiones me importen un pimiento. Tengo cosas y a muchas de ellas les tengo cariño y algunas quiero seguir teniéndolas. Me he deshecho de lo que realmente no quiero, no me aporta y no voy a usar: la basura. En definitiva, no tengo grandes "antes y después" que enseñar, porque lo mío va a ser más una carrera de fondo.




Mi sistema es un sistema permanente de diario. Es decir, ni mi carácter ni mis circunstancias me permiten pararme a hacer limpieza ni a lo grande ni a lo medio, pero siempre mantengo esa mirada medio de lado en todo lo que hago durante el día y casi cada día descubro cosas que poner en mi "out box" (la cesta donde voy metiendo todo lo que encuentro susceptible de ser donado, tirado a la basura, cambiado o regalado). La basura se va acumulando por todas partes y me va estupendo tener esa cesta para poner todo lo que me salta a la vista mientras recojo: ya sea una mermelada de rábanos con pimienta rosa que está en medio mientras apretujo la compra en la despensa, los medicamentos caducados que descubro cuando intento que quepa el último jarabe que nos recetaron para el catarro, el libro que no sabía ni que existía que me salta a la vista mientras coloco los libros que nos han traído los Reyes Magos o ese par de calcetines que saco al ir vestirme y me pican mucho y, la verdad, la vida es demasiado corta para no usar cada día calcetines blanditos y suaves.

Este mes hemos reflexionado en voz alta sobre el apego que tenemos a las cosas hechas a mano, las manualidades y lo que uno mismo se ha currado. También sobre el tema regalos y recuerdos, que en el fondo son de las cosas que más se acumulan sin saber muy bien por qué y por supuesto, hemos hablado largo y tendido de los "por si acasos".



Porque ahí sí que le tengo que dar yo la razón a Tartaruga y creo que un poco contradictorio con el tema ecológico sí que es deshacerte de un montón de cosas que quizás un par de meses más tarde vas a tener que comprar. Además, que una que está intentando reducir basura y plásticos acabe sacando más bolsas de basura que cuando no lo intentaba pues como que no pega ;-P. Mi punto débil en este tema son los papeles, cartones, revistas y otros "materiales" de manualidades, que acabo guardando por si acaso. A la hora de la verdad: o bien nunca encuentro ese material porque no lo tengo debidamente organizado, o bien no hay nada en el material que guardo que me acabe de gustar, o simplemente ni me acuerdo de que lo tengo y acabo comprando nuevo material. Concluyendo: intento guardar menos material sabiendo que lo iré acumulando igualmente, así que volverá a mí. Eso sí, intento guardarlo mejor, buscarlo antes de ponerme a hacer un proyecto nuevo y adaptar el proyecto al material que ya tengo. Con esto voy manteniendo a raya al menos, el hecho de comprar material nuevo.

En resumen, que hemos aprendido mucho, que hemos caminado poco a poco para tener unas casas menos llenas y más limpias y que estoy muy contenta de mis dos sistemas de entradas y salidas, que voy a usar ya para siempre, porque sé que los voy a necesitar para siempre, porque sé que minimalista, minimalista, nunca lo voy a ser. ¿Nadie es perfecto! ;-)

¡Salud!

Por cierto, pasaros por lo de Paula a leer sobre el tema de febrero ¡la guerra química! ;-)

martes, 9 de enero de 2018

In & out

Empiezo el proyecto de 12 pequeños cambios de este mes tarde, aunque para mí, que normalmente empiezo el año en febrero es muy pronto. El tema es el minimalismo, algo que nos preocupa a todos, sobre todo después de la cantidad de cosas nuevas que recibimos en las Navidades. La anfitriona es Gemma que en su blog ha explicado muy bien de qué va todo esto, ha propuesto algunos métodos interesantes a seguir y ha prometido que le va a caber todo en su estantería otra vez.

Las vacaciones de Navidad de la familia Marmota son intensas: dos semanas fuera de casa con horarios, dieta y costumbres completamente cambiados. Después de un paréntesis de dos semanas llegar a casa es como llegar a una casa desconocida, ves y hueles las cosas que te gustan y las cosas que te molestan como si fuera la primera vez. Esta mirada virgen me da ganas de cambiar todo lo que no me gusta, de ponerme manos a la obra, de tirar la mitad de mis cosas al contenedor más próximo.



Quiero cambiar mi madriguera, hacerla más acogedora, más fácil de limpiar, más simple, así que tengo que reducir las cosas que hay, pero no solo hoy o esta semana o este mes, tengo que encontrar un sistema que funcione para siempre. Conociéndome y después de muchos años de ataques de minimalismo agudo pasajeros que no han llevado a mejorar la situación, busco un método que sea progresivo (no tengo tiempo ni energía para ponerlo todo patas arriba un fin de semana), que me permita fallar un día (o dos o tres) y que sea permanente.

Cada enero en Apartment Therapy hacen una cura para hogares descarriados y cada año me apunto. Si algo he aprendido es que se puede trabajar hacia el minimalismo sin tener que poner toda la casa patas arriba todo un fin de semana y que si no llegas, no importa. Lo importante es caminar hacia allí. Si tiras dos papeles estás dos papeles más cerca del minimalismo que si no tiras ninguno. De esa cura he sacado un sistema de entradas y salidas que se adapta perfectamente a lo que busco.



En mi recibidor voy a dejar una balda libre para vaciar mis bolsillos al llegar a casa: catálogos, publicidad, correo, pequeños tesoros, restos de la merienda, etc. para filtrar lo que entra en casa inmediatamente, en el momento en que llega y poderlo gestionar en el momento o más tarde en el día. En mi cocina he puesto una cesta donde cada día (o casi) voy a ir colocando las cosas candidatas a salir de casa. No me tengo que preocupar cada vez de decidir el destino de esas cosas, lo decidiré al final del mes.



Con esto espero poder reducir el ruido en casa, poder disfrutar más de mi madriguera y descansar mejor. ¿Qué cambio te has propuesto tú? ¿Cómo lo estás solucionando? Si usas el hashtag #12pequeñoscambios para compartirlo lo veremos todos y podremos intercambiar ideas, soluciones, propuestas...

¡Salud!

domingo, 24 de diciembre de 2017

I'll be home...

Sólo un pequeño post para desearos felices fiestas y para pedirle al 2018 que por favor sea igual que el 2017... que podamos caminar sobre el hielo, bañarnos en el mar, hacer muchos fuegos de campamento y celebrar cada día... que haya gente tan bonita como vosotros ahí apoyándome siempre y que podamos brindar.



Muchas, muchas, muchas gracias por todo y hasta el año que viene.

¡Muacks!

jueves, 21 de diciembre de 2017

Hábitos y costumbres

El año pasado no tenía propósitos de Año Nuevo, solo un objetivo vital hacia el cual ir caminando poco a poco: quería no dejar de sentarme nunca en el suelo. Aunque la parte más espiritual del asunto la tengo bastante trabajada, me ha faltado trabajar la parte más física. Me ha faltado la parte de cuidarme físicamente, hacerle hueco a madrearme un poco a mí misma.

Este año estoy igual. No tengo propósitos, pero sí que he añadido una nueva dirección hacia la que caminar. Resulta que hice una promesa. Prometí a mis marmotillos que no dejaría que nuestro planeta dejara de ser habitable. Revisando mis hábitos y costumbres que apuntan a cumplir este objetivo, pues he de decir que voy aprobando… por ejemplo, ya (casi) no entran en casa bolsas de plástico a no ser que las traigan otras personas, pero sé que aún me queda mucho camino por recorrer.



Estaba yo cavilando sobre todas estas cosas cuando me llegó una Newsletter de Paula (por cierto, ¿ya estáis apuntados?)que reflexionaba sobre los cambios de hábitos, la adquisición de nuevos y de cómo era fácil o difícil… en fin, que se me encendió una lucecita y pensé que este año podría intentar cambiar doce hábitos y que Paula y Gemma me podrían acompañar en el camino.

Así empezó todo esto, la intención de hacer doce pequeños cambios en nuestra vida, doce pequeños pasos hacia una vida más sencilla, menos consumista, más consciente, más presente, más arraigada, menos distraída, más conectada.



Cada mes nos centraremos en un tema sobre el cual cada una a nivel individual se planteará un hábito a desarrollar, cambiar o adquirir. Iremos presentando los temas alternativamente y todo el mundo que quiera podrá participar, planteándose objetivos también o compartiendo propuestas, ideas, reflexiones en voz alta… En Instagram y Twitter, bajo #12pequeñoscambios, iremos enseñando cómo vamos progresando, cómo nos atoramos, cómo superamos dificultades, qué o quién nos ayuda, nos lo pone difícil, etc. Mientras que las entradas en el blog tendrán un espíritu más de epílogo.

Estoy muy ilusionada con este nuevo proyecto, sé que voy a pasito de hormiga, pero cuando vas acompañada disfrutas más del camino, ¿no? ¿Os venís con nosotras?

¡Salud!

sábado, 9 de diciembre de 2017

Ni mucho, ni poco

Hace poco he leído sobre el concepto sueco lagom, que es como el sucesor del concepto danés hygge, tan reconfortante. Lagom es el equilibrio, el comer saludable sin renunciar al placer, el saber cuándo parar, cuándo es suficiente, cuándo darte un capricho sin que acabe siendo un exceso.

En esta época es fácil caer en el mucho y aunque yo sea de las que creo que cuanto menos se consume, más probabilidades hay de que todos salgamos adelante (incluidos los pingüinos), soy consciente de que es nadar muy a contra corriente pretender hacer una Navidad de cero consumo. Siendo realistas, y teniendo en cuenta el equilibrado lagom, sí que se puede hacer una carta a los Reyes moderada y además, respetuosa. Aquí os dejo algunas ideas.


Una sesión de fotos con Raquel Biempica Fotografía.

http://www.raquelbiempica.com/

Me encantan sus fotos: luminosas, naturales, espontáneas, risueñas. Es verlas y alegrarme el día, así que me imagino tener todo un álbum de fotos propias hechas al estilo Raquel... ¡una alegría para toda la vida!


Una subscripción a la revista Opcions.

http://opcions.org/es/suscripcion/

Para estar informados, para saber qué hay detrás de las grandes marcas, para descubrir que hay opciones cuando las necesitamos.


Jabones, cremas, champús o velas de Botànica.

https://albaguiluzbotanica.com/tienda/

Aún me queda una pastilla de jabón de mi última visita al Mediterráneo y cada vez que me meto en la ducha es como volver a visitar los bosques del interior de Tarragona, con su olor a romero, tomillo y pinaza.


Un jersey de Iaios.

http://www.iaios.org/

Creo que para una persona que se compra cero ropa durante el año, que el calendario de Adviento me traiga unos calcetines, el Tió me cague unas braguitas y los Reyes me traigan un jersey Astrid Lindgren es más que equilibrado ¿no?

Un libro DIY electrónico de Demodé



Me encanta que los comienzos coincidan, es como cuando el año empieza en lunes, por eso con un libro de Demodé se puede empezar el año, un libro y algo nuevo que aprender.

Un abanico de Olelé.

https://olele.es/tienda/

Porque ya son un clásico, porque no me imagino ninguna pieza de artesanía hecha con más cariño, más estilo, ni más esmero que los preciosos abanicos de Olelé.


Y, claro, también un calendario de la Marmota.

http://latienditadelamarmota.bigcartel.com/product/calendario-de-la-marmota-2018

Porque vuelven a haber unos cuantos en la tienda y porque es una manera de recordar que el año también puede pasar lento, fluido y acogedor, como las fotos analógicas, como el hygge y como el lagom.

¡Salud!

lunes, 27 de noviembre de 2017

En casa y con gaseosa

Soy adicta a los cursos. He hecho cursos de todo lo imaginable. Me encanta ser alumna, hacer deberes, llevarle una manzana a la maestra, compartir los apuntes con mis compañeros... soy realmente buena en todo eso, es mi auténtica vocación. Pero por mucho que me entusiasme estrenar cuaderno nuevo, últimamente he descubierto un secreto: me puedo enseñar a mí misma, experimentando. Por ejemplo, he comenzado a coser a máquina y a remendar pantalones con bordados y poco a poco estoy mejorando. Mi clave está en el poco a poco y en superar ese pánico que me entra cuando hay que cortar la tela de manera DE-FI-NI-TI-VA (¡ay!).

Es lo que he intentado con este proyecto que os presento hoy: enseñarme. Enseñarme a abrir una tienda online, a calcular precios, gestionar empaquetados y envíos, y a ser capaz de ponerme en el otro lado. El experimento está siendo aterrador cuando me lo tomo en serio, divertido cuando recuerdo que solo es un experimento y aunque no me salen las cuentas, por fin puedo decirlo: ¡¡¡Pongo a la venta los primeros calendarios de la Marmota!!! ¡¡¡Inauguro La tiendita de la Marmota!!! (confeti y serpentinas)





Son solo 10 calendarios mudos para colgar, con doce fotos muy marmotiles, la mayoría analógicas (solo abril es digital) para las personas a las que les gusta el estilo casero y dulcemente imperfecto de la Marmota.

Cuando se acabe el año, se puede cortar la parte de abajo del calendario y tener doce postales para decorar (yo creo que las voy a enmarcar para mi habitación), enviarlas o guardarlas como recuerdo.

El día que llegaron de la imprenta me dio un subidón importante porque son mucho más bonitos de lo que me esperaba, con un papel gordito y gustoso.

De momento, la parte que más me ha gustado de todo el proceso ha sido elegir y hacer el empaquetado, ya veréis... y lo que más quebraderos de cabeza, el tema del envío. Es lo que tiene estar en Austria y tener la mayoría del público lector en España. Así que los gastos de envío son desde Austria, pero si alguien no tiene prisa por tenerlo, puedo enviarlo desde España a partir del día 27 de diciembre, enviadme un mail y lo hablamos tranquilamente.

Si queréis regalar o regalaros uno, pasad por La tiendita de la Marmota, os espero con ilusión y mucha curiosidad.

¡Salud!

jueves, 17 de agosto de 2017

Gracias

Llevo un diario de agradecimientos. Dicen que es bueno para la salud mental y para reparar el pesimismo, así que cada día apunto en mi agenda cuatro o cinco cosas que hacen que se me esponje el corazón. Hay días que cuesta encontrar algo que escribir, otros cuesta mucho y otros, como aquel fin de semana de principios de verano (o finales de primavera), se acumulan tantas cosas que se te convierten en un post.



Doy gracias por las montañas, el amarillo, los cielos cuajados de estrellas y el Alpenglühen.



Doy gracias por los Kasnocken, los huevos fritos para desayunar, las salchichas asándose en palos y los plátanos rellenos de chocolate en la hoguera.



Doy gracias por los murciélagos, las pieles de serpiente escondidas en la leña, las Erdbienen, los berridos de los ciervos, los gritos de los halcones, las madrigueras de tejones, las ardillas, los escarabajos y los abejorros.



Doy gracias por las hamacas con overbooking, los columpios de mosquetones y cuerdas, el escondite, las croquetas en el prado y los Maipfeiferl.

Doy gracias por el agua de manantial, la cocina de leña y las canciones de Die Toten Hosen de madrugada.



Doy gracias de que aún existan lugares como este, en donde poder aterrizar, darte cuenta de lo sencillas que pueden ser las cosas, de que comodidades como la electricidad o el agua caliente se dan por supuestas cuando en realidad son un auténtico lujo, y de lo generosa que es la naturaleza y de cómo abusamos de ella.

¡Salud!

domingo, 30 de julio de 2017

Pequeños rituales de mitad de verano

Desde que empezó el verano estoy intentando que me cale, empaparme bien de ese espíritu ligero, divertido y perezoso que llegó el 21 de junio. A veces me tira demasiado el moño y aprieto demasiado las mandíbulas, pero en general, cuando noto algo que se tensa, pienso "¡Ey! ¡Que son vacaciones de verano!" y relajo. Pienso en lo mucho que hay que celebrar, hago todo lo que puedo para sentir que cada encuentro, cada comida es una pequeña celebración: del fin del curso, de las primeras frambuesas del jardín, del comienzo de las vacaciones... A veces simplemente poner unas flores en la mesa es lo que marca la diferencia.



Intento dormir mucho (todo lo que puedo, todo lo que me dejan, siestas incluidas), no tener mucha prisa ni ser muy cuadriculada con los horarios. Por eso también nos sentamos en el balcón al anochecer a observar los vencejos compartiendo una Radler.

Comemos melón y sandía a kilos, cerezas y melocotones. Pero lo que más comemos son helados, de todo tipo y de todos los tamaños. Desde los caseros hechos con frutas trituradas y yogur, hasta los más baratos (en todos los sentidos de la palabra) del chiringuito del Gänsehäufel.

Leo lento, a veces dejando pasar incluso días enteros entre capítulo y capítulo o entre artículo y artículo. Quiero saborear cada frase y no atragantarme.

Los viernes que no hay tormenta empaquetamos ensalada, tortilla, baguette, queso y fruta y cenamos en el jardín del barrio. Siempre hay alguien regando o llega alguien a cosechar tomates que prueba un poco de nuestra tortilla, charlamos un rato y chapoteamos en la charca de plástico.



En la cocina hay un par de recetas que me tienen obsesionada. Una es desayunar crepes con una capa de queso de untar, gajos de melocotón bien maduro, un puñado de arándanos y un chorro generoso de sirope de arce. La otra es tzatziki con patatas nuevas cocidas.

No es una receta complicada, pero si se quiere un tzatziki cremoso es imprescindible escurrir bien el pepino. Si por lo que sea (pereza, por ejemplo) se deja de hacer este paso, más vale que lo llames sopa y lo sirvas con cuchara. También es imprescindible el yogur griego más cremoso y con un contenido en grasa muy alto. El resto, ajo, hierbas, aceite... es optativo, pero esas dos son para mí las claves de un buen tzatziki.

Tzatziki de fiesta de final de curso



Ingredientes

una taza de yogur griego
un pepino mediano
ajo al gusto
un puñado de eneldo fresco
aceite de oliva
sal

Pelar (o no) el pepino y rallarlo grueso. Dejarlo escurrir bien en un colador fino apretándolo con una cuchara o en un trapo de cocina limpio hasta que quede lo más seco posible.
Mezclar el pepino escurrido con el yogur, el ajo y el eneldo picados y aliñar con sal y aceite.
Reposado queda mejor, porque le damos tiempo al ajo a impregnar hasta la última gota de yogur con pepino, pero se puede comer inmediatamente.

Es tan simple que no entiendo cómo no se me había ocurrido antes. Patatas cocidas con piel, abiertas por la mitad, tiernas, harinosas, aún humeantes y una buena cucharada de la crema ácida, refrescante, con el gustito de ajo que la convierte casi en un alioli. Podría alimentarme de eso el resto del verano... bueno, y de sandía... y de helados.

¡Buen verano!