Hace unos días se discutía en el
blog de Paco, entre otros temas, el tema de la integración en un país extranjero. Eso me hizo pensar en qué es realmente integración y en cómo se sabe si estás integrado o no. Supongo que las claves son conocer el idioma, tener un trabajo y hacer amigos autóctonos con los que ir a tomar unas copichuelas. Creo que en todo esto más o menos voy sacando un aprobado, aunque sé que me queda mucho camino por recorrer, ¡sobretodo en el tema idioma!
Pienso en algunos de los españoles que me he encontrado por estas tierras, siempre quejándose de la comida de aquí, que todo es tan caro, que el tiempo es un asco, que la gente es tan cerrada, siempre buscando al grupito de españoles para rajar de los locales... Creo que el día en que yo me queje así, cojo la puerta y me voy. Nadie me obliga a quedarme en un país donde no estoy bien. (Eso no quiere decir que a veces no me queje... es nuestro deporte nacional ¿no? jejeje)
Relacionando el tema de la integración con el gastronómico, me da un poco de pena esa manía española de asegurar de que "como en España no se come en ningún lado". Bien, se come diferente pero no se come mal. Como dice
Ibán, "es cuestión de tradiciones y gustos". Es absurdo empecinarse en comer paella cada sábado porque no solo te sale carísimo, sino que no va a ser lo mismo, obviamente. Hay que adaptarse a lo que hay... supongo que eso es parte también de la integración.
Es cierto que aquí, por ejemplo, los higos los cobran a euro la pieza (mi madre aún está traumatizada) pero también es cierto que he descubierto algunas verduras y frutas riquísimas y baratas que nunca había visto en España, como el
colirrábano o el
ruibarbo.
Además, en estas tierras, con la coña de la "sana dieta mediterránea" han adoptado muchos ingredientes como el aceite de oliva mientras que en España estamos tan seguros de que nuestra dieta es la mejor que nos perdemos muchas cosas de la gastronomía centroeuropea, como los diferentes tipos de nata (mmmmh) o los deliciosos panes de cereales variados (afortunadamente, estas cosas están cambiando poco a poco y se puede encontrar ya casi de todo en todas partes).
De todas maneras, de vez en cuando, hago una visita a la tienda de productos españoles de aquí y me doy algún caprichito. Así, juntamente con los productos que nos traen nuestras visitas, puedo preparar algunas recetas españolas. Aunque sean todo un lujo para el bolsillo... ¡a veces hay que darse estos placeres!
Pimientos del piquillo rellenos de bacalao (al estilo de mi madre)

Ingredientes (para tres o cuatro personas):
dos cebollas medianas
un filete de bacalao desalado (48h en remojo, cambiar el agua cada 12h)
100 gramos de mantequilla
100 gramos de harina + un poco para rebozar los pimientos
medio litro de leche
cuatro zanahorias medianas (yo sólo tenía dos, así que puse dos y un trozo de apio)
un ajo gordo
un vaso de vino blanco (yo le puse jerez)
dos latas de pimientos del piquillo (reservar el agua o aceite de la lata)
Se desmiga el bacalao y se reserva. Se pone la mantequilla en un cazo y se pocha en ella una cebolla picada muy fina. Se añade el bacalao y se le da unas vueltas. Se añade la harina y cuando ésta queda como una pasta espesa, se va añadiendo la leche poco a poco hasta obtener una bechamel espesa (como para hacer croquetas). Se deja enfriar un poco.
Mientras, preparar un sofrito con las zanahorias ralladas, la cebolla y el ajo picados (en mi caso también el apio picado).
Rellenar los pimientos con la bechamel de bacalao, rebozarlos en harina y freirlos un poco hasta que estén dorados.
Echar el vino al sofrito y cuando se evapore el alcohol, añadir los pimientos rellenos, el caldo de la lata de los pimientos y agua hasta cubrir los pimientos. Dejar cocer a fuego medio hasta que la zanahoria quede tierna. ¡Cuidado con la sal, que el bacalao ya es salado!
Servir espolvoreado con perejil picado y con un buen vino (los vinos austríacos están muy ricos)
¡Salud!