
Intento dormir mucho (todo lo que puedo, todo lo que me dejan, siestas incluidas), no tener mucha prisa ni ser muy cuadriculada con los horarios. Por eso también nos sentamos en el balcón al anochecer a observar los vencejos compartiendo una Radler.
Comemos melón y sandía a kilos, cerezas y melocotones. Pero lo que más comemos son helados, de todo tipo y de todos los tamaños. Desde los caseros hechos con frutas trituradas y yogur, hasta los más baratos (en todos los sentidos de la palabra) del chiringuito del Gänsehäufel.
Leo lento, a veces dejando pasar incluso días enteros entre capítulo y capítulo o entre artículo y artículo. Quiero saborear cada frase y no atragantarme.
Los viernes que no hay tormenta empaquetamos ensalada, tortilla, baguette, queso y fruta y cenamos en el jardín del barrio. Siempre hay alguien regando o llega alguien a cosechar tomates que prueba un poco de nuestra tortilla, charlamos un rato y chapoteamos en la charca de plástico.

En la cocina hay un par de recetas que me tienen obsesionada. Una es desayunar crepes con una capa de queso de untar, gajos de melocotón bien maduro, un puñado de arándanos y un chorro generoso de sirope de arce. La otra es tzatziki con patatas nuevas cocidas.
No es una receta complicada, pero si se quiere un tzatziki cremoso es imprescindible escurrir bien el pepino. Si por lo que sea (pereza, por ejemplo) se deja de hacer este paso, más vale que lo llames sopa y lo sirvas con cuchara. También es imprescindible el yogur griego más cremoso y con un contenido en grasa muy alto. El resto, ajo, hierbas, aceite... es optativo, pero esas dos son para mí las claves de un buen tzatziki.
Tzatziki de fiesta de final de curso

Ingredientes
una taza de yogur griego
un pepino mediano
ajo al gusto
un puñado de eneldo fresco
aceite de oliva
sal
Pelar (o no) el pepino y rallarlo grueso. Dejarlo escurrir bien en un colador fino apretándolo con una cuchara o en un trapo de cocina limpio hasta que quede lo más seco posible.
Mezclar el pepino escurrido con el yogur, el ajo y el eneldo picados y aliñar con sal y aceite.
Reposado queda mejor, porque le damos tiempo al ajo a impregnar hasta la última gota de yogur con pepino, pero se puede comer inmediatamente.
Es tan simple que no entiendo cómo no se me había ocurrido antes. Patatas cocidas con piel, abiertas por la mitad, tiernas, harinosas, aún humeantes y una buena cucharada de la crema ácida, refrescante, con el gustito de ajo que la convierte casi en un alioli. Podría alimentarme de eso el resto del verano... bueno, y de sandía... y de helados.
¡Buen verano!








