Los paseos de Lola, las flores de los lunes de Caterina y este domingo de Ana me han dado el empujoncito final para aceptar que sí, que ya me alegro por adelantado, estoy impaciente o tengo ganas (como quiera que se pueda traducir Vorfreude) de verde, de que se levante esta niebla pesada, aligerarme, cortarme el pelo, dejar estar lo que me pesa, no tomarme nada demasiado en serio y airearme: yo, mi madriguera y mi cámara.
Fantaseo con nuestros encuentros en el huerto comunitario del barrio para plantar cebollino, fresones y frambuesos, con paseos por el Augarten siguiendo a los mirlos y los carboneros, con excursiones al aroma de ajo en el Prater y, sobre todo, con volver a casa llenos de barro para preparar pesto con todo lo que recolectemos.

Uso esta especie de pesto, que no es más que las hierbas trituradas con aceite de oliva, para conservar las aromáticas frescas, sobre todo las que tienen una temporada muy cortita, como es el ajo silvestre o ajo de oso. Ya he hablado muchas veces del Bärlauch que es de las primeras en crecer en primavera y es la señal de que el invierno ya se retira. Tiene un sabor fuerte pero delicado, en el sentido de que en cuanto se cocina pasa de ajo a espinaca, así que preparándolo de esta manera es ideal para añadirlo a sopas, pastas, vinagretas o salsas sin perder su intensidad.
Creo que no se da muy bien por el Mediterráneo, pero por las zonas más húmedas y montañosas quizás sí (¿algún chicarrón o chicarrona del norte en la sala nos lo puede confirmar?). En cualquier caso, este método se puede usar perfectamente con albahaca, perejil o cilantro, para así tenerlos siempre a punto o para conservar los excedentes que da el huerto.
¡Salud!
















































